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De 'El señor de las moscas' a 'It': así empezó el mundo a detectar el bullying
Gonzalo Toca
. La Vanguardia, 10/11/2020 (fragmentos)
¿Qué ha hecho falta en la historia para que la sociedad fuese consciente de la existencia y la gravedad del acoso escolar?
Dan Olweus [investigador y psicólogo noruego] publicó los primeros estudios sistemáticos sobre acoso escolar en los años setenta. En el primero de ellos se analizaban los casos de 800 niños. Después, en la década de los ochenta, en medio de una nueva sensibilidad social, lideró como asesor del gobierno de su país la lucha para garantizar la seguridad de los alumnos en las escuelas como un derecho fundamental.

En 1982, tres adolescentes de entre 10 y 14 años se habían suicidado en el norte de Noruega tras ser víctimas del acoso de sus compañeros. En 1993, Olweus publicó su memorable ensayo 'Bullying at school: What we know and what we can do' (Bullying en la escuela: lo que sabemos y lo que podemos hacer), una de las sensaciones editoriales del año en Europa y Estados Unidos.

En tres decenios, el quijotesco académico noruego había conseguido grabar a fuego la importancia del bullying escolar en las agendas de miles de expertos, políticos y padres. Ciertamente, también aprovechó un momento histórico en el que la violencia entre los niños había empezado a perfilarse como un problema social. En los setenta, la violencia en la escuela escaló hasta ubicarse, por primera vez, entre las diez principales preocupaciones de los estadounidenses, según la consultora Gallup.

En 1974 se publicó 'Carrie', la primera novela de Stephen King, muy exitosa y la que más se ocupa del bullying. Brian de Palma dirigió una película basada en ella solo dos años después. En los ochenta, King volvería a tratar el tema, de forma más matizada, en sus novelas 'Christine', que se estrenaría también en la gran pantalla, e 'It', que se versionó en múltiples series de televisión y ha llegado al cine en nuestros días.

Por supuesto, Olweus no es el único responsable del concepto de lo que hoy entendemos como acoso en las escuelas. Mientras que sus primeros trabajos reducían estos comportamientos exclusivamente a las agresiones físicas, en los noventa, sin embargo, sus propias publicaciones y las de sus colegas en todo el mundo incorporaron las agresiones verbales y psicológicas.

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Sin una definición clara, sin unos estudios que explicasen el fenómeno, sin identificar los instrumentos que funcionaban y los que no para corregirlo y sin una nueva sensibilidad entre los políticos y las familias, era muy difícil luchar contra esta lacra. El acoso escolar solo se definió como lo conocemos hoy en el siglo XXI. Hablamos de una forma grave de violencia física o psicológica entre niños en la que el agresor o los agresores atacan, con persistencia y premeditación, a unas víctimas que, por miedo insuperable o inferioridad física o numérica, no se pueden defender.

Naturalmente, esa definición sigue siendo dinámica y escurridiza. Nadie puede decir la última palabra. Debemos recordar, en ese sentido, la reciente aparición del ciberacoso, vinculado, sobre todo, a las redes sociales, los smartphones y las aplicaciones de mensajería instantánea. Los niños siguen acosando a sus compañeros con vídeos, imágenes y texto cuando estos consultan sus móviles en lo más íntimo de sus casas, que ya no sirven como refugio.

Las nuevas tecnologías han espoleado las agresiones, han ensanchado la definición del bullying tradicional y han complicado su eliminación. Como recuerdan los expertos Sameer Hinduja y Justin Patchin en un análisis publicado por el Cyberbullying Research Center, el ciberacoso se diferencia del bullying en que el agresor puede actuar de forma anónima y 'viralizar' sus ataques y humillaciones. Además, no tiene por qué ver las consecuencias directas de sus actos en las víctimas, y es más difícil de controlar que el acoso tradicional por parte de padres y profesores.

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Por último, para responder al desafío del acoso escolar había que asumir antes la maldad y la crueldad de las que eran capaces los propios menores, es decir, nuestros propios hijos. No eran solo víctimas; también podían ser verdugos. Esta visión transgresora fue una de las razones por las que la magistral novela 'El señor de las moscas', de William Golding, de la que Stephen King se siente heredero, tuvo un impacto tan brutal en 1954. Recordemos que dibujaba la sed de poder y dominación de unos chavales, de entre seis y doce años, sobre otros. Es interesante que 'El señor de las moscas' se concibiera como la respuesta distópica a 'La isla de coral', una novela del siglo XIX de Robert Michael Ballantyne en la que los niños eran unos pequeños héroes.

¿Por qué no se actuó mucho antes contra el acoso escolar? Porque no éramos conscientes ni de la crueldad y violencia de los menores como problema masivo, ni de la especial protección que necesitaban los niños ni de cómo definir y explicar un fenómeno que solo algunos habían experimentado en sus vidas y que casi nadie –ni víctimas ni agresores– quería recordar en su edad adulta.