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Relativismo ético


Norbert Bilbeny. Aproximación a la Ética. Ariel. Barcelona, 1992 (pag. 289, 300)
El relativismo es un problema descrito desde antiguo. En la Odisea se escribe: «Los pensamientos de los hombres cambian según la luz fecundante con que el mismo Zeus, su padre, ha iluminado la tierra» (XVIII, 136-137). El relativismo ha sido debatido tanto en la filosofía moral como desde la propia moral vivida. Actualmente es, a partir de esta última, uno de los principales temas de discusión ética, en pie de igualdad con el cinismo y sin dejar demasiado atrás los problemas del nihilismo y de la indiferencia moral.

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Una actitud relativista es aquella que de cualquier modo renuncia a decir que algo es «bueno» o «malo», en sentido moral, de una manera invariablemente cierta y segura. Sostendría, por ejemplo, que el soborno es deshonroso cuando una administración funciona bien, pero que no debe ser tenido por tal cuando contribuye benéficamente a recuperarla. Un mismo acto es declarado bueno y malo a la vez. La bondad o la maldad del soborno, ahora, serían sólo «relativas». El hecho es que para afirmar que una acción o su norma son correctas, el relativista habrá tenido que hacer entrar en juego generalmente los intereses de los sujetos particulares que así lo juzgan. Pero también suele apelar al número de éstos y a su ocasional situación: la pendiente de las «justificaciones» no tiene fondo. Mientras tanto, lo que queda en entredicho no es el absolutismo moral -el gigante imaginario que el relativista cree haber vencido-, sino el universalismo ético, que hace que lo bueno, lo honrado o lo justo pueda y deba valer lo mismo para todos y en cada ocasión. Con el relativismo es imposible llegar a un acuerdo sobre lo que es «cierto», «objetivo» o, en una palabra, válido desde un punto de vista moral, porque impide la universalidad de los juicios éticos.

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Un relativismo moral desacredita la concepción racional de la ética, mientras que prepara el surco para que pueda crecer tranquila una concepción dogmática de la misma. Ésta sí, en cambio, aspira a la universalidad, bien que desde supuestos muy distintos a los de la ética racional. Frente al relativismo del bien, varias concepciones de la ética han procurado ofrecernos una base universal para el discurso sobre lo bueno: desde el eudemonismo griego hasta la actual «ética discursiva». A tal objeto, han tenido que suponer alguna forma universal de lo humano (su «naturaleza», «alma», «conciencia», «condición», «entendimiento», etc.) que sirva de apoyo veraz y tenaz a la idea de un discurso práctico también para todos.

Ha sido propósito central de este libro explicar que la forma universal de lo humano suficiente para la ética es la que identificamos con la razón, es decir, con un juicio consecuente consigo mismo. Todas las acciones que pudieran revestir, en su determinación, la patente de esta racionalidad, nos darían reglas válidas igualmente para todos, sin apenas sombra de relativismo. Esto no presupone ignorar la pluralidad de los intereses y de las mentalidades. Justamente porque los conocemos, y sabemos bien de las nefastas consecuencias, a veces, de sus conflictos entre sí, nos habremos determinado a seguir en la acción un mínimo principio común.